متصدع
Rezar por una vida más o menos tranquila.


Restos de olor a café.
lunes, 21 de mayo de 2012

- Sinceramente, no sé qué pretendes con esto. - el humo del café acarició su cara mientras bebía de la taza. Tenía un aire angelical y él podía notar el sabor del capuchino en los labios.

Él se mantuvo callado, mirándola mientras le daba vueltas a la cuchara en la taza. No hacía más que ver recuerdos en su rostro. La veía reír mientras chapoteaba en el agua de la playa. La oía cantar sentada en el piano del salón. Sentía sus labios recorriendo su cuerpo centímetro a centímetro, infinitamente. Incluso la sentía llorar sobre su pecho.

- ¿Vas a decir algo, o he venido para nada? - ella empezaba a ponerse nerviosa. Los dedos de su mano derecha martilleaban sobre la mesa y con la izquierda se apartaba el pelo detrás de la oreja.

- Solo quería verte otra vez. - dijo él, suavemente. «Llevo meses sobreviviendo a base de tus fotos, tus mensajes y de los pocos vídeos que quedan en mi móvil. Simplemente a veces solo necesito verte. Acordarme de lo largo que es tu pelo, del brillo de tus ojos, de la curva de tu sonrisa, de tus piernas, de tus manos.» Pensó. Pero permanece callado.

- Pero.. ni siquiera preguntas por mí. Llegas, saludas, entramos, te sientas, pides un café doble y te limitas a mirarme. Sin más. Entiende que para mí es un poco incómodo.
- se encogió de hombros, como buscando empatía. Llevaba todo el rato garabateando en una servilleta algo que él no alcazaba a leer.

- Lo más bonito de todo es que nunca te vas. Que a pesar de todo, siempre te quedas. Podrías levantarte e irte y dejarme aquí solo. Pero no lo haces. Te quedas como esperando a que te diga algo, lo que quieres oír. Pero eres tan opaca en cuanto a eso como siempre. Así que, dime, ¿qué quieres que te diga? - se dejó caer sobre la mesa, abriendo mucho los ojos, mirándola fijamente.

- Yo.. - empezó a hablar pero se interrumpió a sí misma. Pudo él notar cómo se formaba en su garganta un nudo y cómo las lágrimas se amontonaban tras sus ojos y ella hacía fuerza por contener.

Ella agarró su bolso, y se levantó sin decir nada. Él ni siquiera se giró a verla marchar.

Cuando iba a irse él, cuando ya había acabado el café, se percató de lo que ella había escrito en la servilleta. Lo que ella quería que la dijera.

«Dime que esta vez no te marchas.»






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