- ¿Alguna vez te has preguntado qué se siente cuando alguien querido se muere? – dice, mientras da otra calada al cigarrillo, con ese aura de tranquilidad absoluta que le invade inmensamente y hace que todo lo que hay a su alrededor se mantenga en un equilibrio perfecto.
- Supongo que te sientes… vacío. Como cuando te quitan un órgano o algo así. No sé, nunca se me ha muerto nadie, por suerte. – contesta ella, mirándole embelesada mientras se acaricia el pelo con los dedos y procura que la sábana no se deslice más hacia debajo de sus pechos.
- Debe de ser una sensación constante de impotencia, y más si es alguien que tienes cerca. Saber que ya nunca vas a poder hacer lo de antes, que tendrás que cambiar la rutina. Debe de ser atronador. – encoje los hombros como en un escalofrío y deja escapar una traviesa media sonrisa en sus labios.
- No sé. No me gusta hablar de la muerte. Es tan inminente. – añade ella mientras se da la vuelta y se agacha al suelo, buscando su ropa interior entre aquel desastre que era su cuarto. El de él, claro. – Sabes, a veces pienso que tu cuarto es como tú. Todo hecho un caos, una indecisión absoluta. Roto, siempre a oscuras. Pero luego todo cambia cuando te veo fumando un cigarrillo. La atmósfera sencillamente se rinde a tus pies y deja que la manejes a tu parecer. Todo se para, se ralentiza. Hasta me parece que mi corazón late más despacio. Pero cuando el cigarrillo se consume, se produce una especie de combustión terrible que me devuelve a la realidad. Y eso me gusta. Convivir con la tranquilidad y el caos en el mismo cuarto.
- Es igual que cuando follamos. Al principio, todo es caos, rebelión, e instintos. Tú estás sudada, caliente, salvaje. Aun así preciosa. Tu cuerpo y el mío se sincronizan, funcionan juntos. Gimen a la vez, disfrutan a la vez, sudan a la vez, gritan a la vez, se contraen a la vez. Nuestros corazones laten rápido, martillean en nuestros pechos y empujan hacia fuera, haciendo fuerza, rogando tocarse. Entonces tú llegas al orgasmo y mi cuerpo por inercia te acompaña. Otra vez estamos juntos. Jadeas por última vez, suspiras, y te calmas. Y me calmas. Ver todas esas sensaciones reflejadas en tu cara es a todo lo que aspiro. Es en lo que pienso por las mañanas cuando me levanto y por las noches cuando me acuesto. Entonces, te bajas de mí y me besas. Me acaricias la cara, sonríes. Y caes rendida, dormida sobre mi pecho antes de que me de cuenta siquiera. Nuestros corazones se separan, se tranquilizan. Vuelven a latir despacio, pero a la vez. Y los latidos se convierten en una sonata que todo el rato dice: ‘Te quiero.’ Esa es la armonía perfecta.
Ella ni siquiera sabe qué contestar. Solo mira por la ventana que él tiene a la espalda y ve cómo a contraluz se consume su cigarrillo y entonces, la combustión la devuelve a la realidad.