متصدع
Rezar por una vida más o menos tranquila.


Mi ruina.
miércoles, 23 de mayo de 2012

- ¿Puedo.. puedo tocarla? - susurra, a penas sin levantar la vista de lo que observa.

Están sentados en la cama de matrimonio, envueltos en las sábanas. Ella tiene algo pequeño, débil y tierno en las manos. Lo sujeta como si todo lo que le rodeara dependiera de ello. Lo miran fijamente, embelesados.

- No, no. Espera. No puedes todavía. - contesta ella, suavemente, alejando el objeto de él. - Mira, otra vez empieza a descoserse. Estoy harta de arreglarla..

- Prometo no descoserla más, ni hacerle daño. - se acerca un poco más y la rodea con un brazo. La mira y sonríe, acariciando su mejilla.

Ella gira la cabeza y salta de la cama, corriendo hacia la esquina del cuarto. Se acurruca y sostiene aquello fuertemente contra sí, cerrando fuerte los ojos. Él baja de la cama y se acerca a ella. Levanta su cara agarrándola de la barbilla y la mira fijamente a los ojos. Ella desvía la mirada.

- No tendría que habertela enseñado. No tenía que haberte dicho nada. - musita, casi inaudiblemente. Se deshace de su mano y hunde la cabeza entre el hueco de sus piernas. Él suspira y se sienta a su lado, esperando.

- Ahora que la has visto, vas a poder jugar con ella como quieras. Lo sé, todos lo hacéis. Os la confío y entonces la hacéis más grande. Y al final no va a caberme en el pecho y voy a morirme. - ella está desesperada. Presiona su pecho y el objeto desaparece.

Entonces, se gira para buscarle y ve cómo el sostiene un objeto parecido al suyo. Él se lo tiende, como pidiéndola que la coja entre sus manos.

- Yo también tengo una. Puedes tocarla. Confío en ti. - dice él.

- Está.. rota. - ella se asusta al ver como poco a poco lo que tiene en la mano.

- Tranquila. Cógela fuerte. Nadie puede romperla más. - rodea las manos de ella con sus manos y aprieta fuerte el objeto. "Clac".

- ¿Qué ha sido eso? - pregunta ella, asustada.

Él solo sonríe. Y lo deja pasar.


Restos de olor a café.
lunes, 21 de mayo de 2012

- Sinceramente, no sé qué pretendes con esto. - el humo del café acarició su cara mientras bebía de la taza. Tenía un aire angelical y él podía notar el sabor del capuchino en los labios.

Él se mantuvo callado, mirándola mientras le daba vueltas a la cuchara en la taza. No hacía más que ver recuerdos en su rostro. La veía reír mientras chapoteaba en el agua de la playa. La oía cantar sentada en el piano del salón. Sentía sus labios recorriendo su cuerpo centímetro a centímetro, infinitamente. Incluso la sentía llorar sobre su pecho.

- ¿Vas a decir algo, o he venido para nada? - ella empezaba a ponerse nerviosa. Los dedos de su mano derecha martilleaban sobre la mesa y con la izquierda se apartaba el pelo detrás de la oreja.

- Solo quería verte otra vez. - dijo él, suavemente. «Llevo meses sobreviviendo a base de tus fotos, tus mensajes y de los pocos vídeos que quedan en mi móvil. Simplemente a veces solo necesito verte. Acordarme de lo largo que es tu pelo, del brillo de tus ojos, de la curva de tu sonrisa, de tus piernas, de tus manos.» Pensó. Pero permanece callado.

- Pero.. ni siquiera preguntas por mí. Llegas, saludas, entramos, te sientas, pides un café doble y te limitas a mirarme. Sin más. Entiende que para mí es un poco incómodo.
- se encogió de hombros, como buscando empatía. Llevaba todo el rato garabateando en una servilleta algo que él no alcazaba a leer.

- Lo más bonito de todo es que nunca te vas. Que a pesar de todo, siempre te quedas. Podrías levantarte e irte y dejarme aquí solo. Pero no lo haces. Te quedas como esperando a que te diga algo, lo que quieres oír. Pero eres tan opaca en cuanto a eso como siempre. Así que, dime, ¿qué quieres que te diga? - se dejó caer sobre la mesa, abriendo mucho los ojos, mirándola fijamente.

- Yo.. - empezó a hablar pero se interrumpió a sí misma. Pudo él notar cómo se formaba en su garganta un nudo y cómo las lágrimas se amontonaban tras sus ojos y ella hacía fuerza por contener.

Ella agarró su bolso, y se levantó sin decir nada. Él ni siquiera se giró a verla marchar.

Cuando iba a irse él, cuando ya había acabado el café, se percató de lo que ella había escrito en la servilleta. Lo que ella quería que la dijera.

«Dime que esta vez no te marchas.»


Ring, ring.
domingo, 13 de mayo de 2012

Otra vez es muy tarde. Lo deduce porque no hay sol y el cielo está demasiado oscuro como para acabar de atardecer o ir a amanecer. Hace tanto tiempo que perdió la noción de la vida. Hace tanto tiempo que ya no siente.

Una madrugada más, está tumbado en la cama mirando al techo, mordiéndose el labio y maldiciendo interiormente. Una madrugada más le acompaña en la cama una chica de la cual no recuerda el nombre y a la que mañana tendrá que largar como a todas las anteriores.

Ha buscado y buscado. En muchas chicas, en muchos sitios. Pero aún no ha encontrado a una como ella. Aún no ha encontrado a ninguna con la piel tan suave, las piernas tan bonitas, los labios tan cremosos, los ojos tan profundos, las manos tan delicadas como las de ella. Y sabe que no lo hará. Sabe que como ella no hay dos, y que solamente dos opciones tiene: volver a por ella, o acabar con su búsqueda y seguir hacia delante. Y como la primera es demasiado difícil, continua con la segunda hasta que, simplemente, el destino la traiga de vuelta.

Aunque sabe que cada vez que toca a otra, cada vez que se acuesta con otra, cada vez que le dice lo mismo que le decía a ella a otra, algo dentro de él le sangra, le duele. Pero, ¿qué puede hacer si ella ya se ha ido? ¿Qué? Nada. Seguir hacia delante. Seguir hacia delante y aceptar que hizo mal, que erró. Seguir hacia delante y arrepentirse día a día de sus actos. Seguir hacia delante e ir a su parada de bus a verla bajar y a verla abrazarse a su otro chico. Seguir hacia delante e intentar sobrevivir.

Todas las chicas que han pasado por su cama eran guapas. Eran listas. Estaban buenas. Eran casi perfectas. Y siempre casi, porque no eran ella. Todas estaban preciosas mientras follaban, pero no tenían su encanto. Todas estaban bellísimas durmiendo, pero no tenían su dulzura. 

Y cuando tienen que irse, todas le dicen eso de: ‘¿Me llamarás?’ Y él dice: ‘En cuanto pueda.’ Aunque sabe que no lo usa y que siempre lo tiene en el bolsillo, con el volumen al máximo, desbloqueado, para que nada impida que llegue esa llamada que lleva esperando tanto tiempo. 

Y no llega..


Disculpas.

- Eh, lo siento... De verdad, por favor, perdóname. – dice mientras agarra su barbilla con la mano e intenta que ella le mire. Una pequeña lágrima se desliza por su mejilla y aterriza en la mano de él. Ella sigue callada, sin decir nada. Quieta. Probablemente ni siquiera respire. – Por favor. ¿Qué tengo qué hacer? Dímelo. Lo que sea. Lo haré. Pero tienes que decirme algo. Por favor.

-         Te odio. – susurra.

Él se queda inmóvil. Paralizado. No sabe qué decir, no sabe qué contestar.
Retira la mano de la barbilla de la chica y deja caer el brazo. Ella se aleja al otro lado de la cama y de pega a la pared, hundiendo la cabeza entre las rodillas. En silencio, siempre en silencio.

La lluvia sigue cayendo y las gotas resbalan por la ventana como las lágrimas por su mejilla. La luna brilla fuera, en la calle. Donde la vida sigue, el mundo da vueltas. Los corazones continúan latiendo, los pulmones inhalando y exhalando aire. Las sonrisas mostrándose.

Lo que nadie sabe es que las lágrimas de aquella chica pesan más que todos los recuerdos de una vida juntos, que cuando caen la arrastran al suelo y más abajo, hasta el pozo que la vida le cavó y al cual esa misma memoria la envía siempre que vuelve a pasearse por su mente.


.

-         ¿Alguna vez te has preguntado qué se siente cuando alguien querido se muere? – dice, mientras da otra calada al cigarrillo, con ese aura de tranquilidad absoluta que le invade inmensamente y hace que todo lo que hay a su alrededor se mantenga en un equilibrio perfecto.

-         Supongo que te sientes… vacío. Como cuando te quitan un órgano o algo así. No sé, nunca se me ha muerto nadie, por suerte. – contesta ella, mirándole embelesada mientras se acaricia el pelo con los dedos y procura que la sábana no se deslice más hacia debajo de sus pechos.

-         Debe de ser una sensación constante de impotencia, y más si es alguien que tienes cerca. Saber que ya nunca vas a poder hacer lo de antes, que tendrás que cambiar la rutina. Debe de ser atronador. – encoje los hombros como en un escalofrío y deja escapar una traviesa media sonrisa en sus labios.

-         No sé. No me gusta hablar de la muerte. Es tan inminente. – añade ella mientras se da la vuelta y se agacha al suelo, buscando su ropa interior entre aquel desastre que era su cuarto. El de él, claro. – Sabes, a veces pienso que tu cuarto es como tú. Todo hecho un caos, una indecisión absoluta. Roto, siempre a oscuras. Pero luego todo cambia cuando te veo fumando un cigarrillo. La atmósfera sencillamente se rinde a tus pies y deja que la manejes a tu parecer. Todo se para, se ralentiza. Hasta me parece que mi corazón late más despacio. Pero cuando el cigarrillo se consume, se produce una especie de combustión terrible que me devuelve a la realidad. Y eso me gusta. Convivir con la tranquilidad y el caos en el mismo cuarto.

-         Es igual que cuando follamos. Al principio, todo es caos, rebelión, e instintos. Tú estás sudada, caliente, salvaje. Aun así preciosa. Tu cuerpo y el mío se sincronizan, funcionan juntos. Gimen a la vez, disfrutan a la vez, sudan a la vez, gritan a la vez, se contraen a la vez. Nuestros corazones laten rápido, martillean en nuestros pechos y empujan hacia fuera, haciendo fuerza, rogando tocarse. Entonces tú llegas al orgasmo y mi cuerpo por inercia te acompaña. Otra vez estamos juntos. Jadeas por última vez, suspiras, y te calmas. Y me calmas. Ver todas esas sensaciones reflejadas en tu cara es a todo lo que aspiro. Es en lo que pienso por las mañanas cuando me levanto y por las noches cuando me acuesto. Entonces, te bajas de mí y me besas. Me acaricias la cara, sonríes. Y caes rendida, dormida sobre mi pecho antes de que me de cuenta siquiera. Nuestros corazones se separan, se tranquilizan. Vuelven a latir despacio, pero a la vez. Y los latidos se convierten en una sonata que todo el rato dice: ‘Te quiero.’ Esa es la armonía perfecta.

Ella ni siquiera sabe qué contestar. Solo mira por la ventana que él tiene a la espalda y ve cómo a contraluz se consume su cigarrillo y entonces, la combustión la devuelve a la realidad.


Otra vez, y otra vez.
viernes, 11 de mayo de 2012

Por ti, por nosotros, por las oportunidades perdidas, por el amor que duele, por el sacrificio, por.. todo.
Por las lágrimas derramadas por las noches y de día, por tu nombre en susurros, gemidos y gritos, por cada pieza de mi corazón, por mi pulso cansado de empujar sangre que no da vida, por mi depresión, por mi pérdida de interés en todo, por la muerte. Una vez había estado enamorada; de eso estoy segura. Sólo una vez, una única vez, poco tiempo atrás. Y aquella experiencia me marcó para siempre. 






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